jueves, 23 de agosto de 2007

Inclusión social y economía solidaria

Ponencia presentada en el simposio latinoamericano "Inclusión Social, dimensiones, retos y políticas", Caracas, marzo de 2006.
Luis Razeto*
La cuestión de la inclusión social constituye el más importante, grave, urgente y difícil problema que deben enfrentar las sociedades latinoamericanas. Tres hechos justifican esta afirmación:
1. La proporción de personas y grupos sociales afectados por la exclusión social es enorme, de hecho mayoritaria.
2. La exclusión, lejos de disminuir, se está acentuando. Las dinámicas de globalización y modernización en curso, en vez de incluir a quienes se encuentran marginados, continúan excluyendo a muchos que están actualmente incluidos, si bien precaria y periféricamente.
3. Si la inclusión a la sociedad actual es un problema, la inclusión se torna aún más difícil en relación al mundo económico y al tipo de sociedad dominante que está emergiendo como consecuencia de las dinámicas tecnológicas, económicas y políticas; una realidad que es aún más compleja y exigente en término de los recursos, competencias y conocimientos que es necesario disponer para acceder y mantenerse en condición de inclusión.
Obviamente, esta percepción del problema implica un determinado concepto de inclusión, o más exactamente, de lo que significa e implica estar en condiciones de integración (o de no-exclusión). Y este concepto, a su vez, requiere cierto diagnóstico respecto de la exclusión social, sus procesos generadores y sus causas determinantes. Solamente con tales bases podremos acertar en la formulación de políticas y programas que contribuyan eficazmente a enfrentar el problema y a generar dinámicas efectivas de inclusión. Tenemos, pues, una tarea analítica compleja que intentaré abordar en la forma más directa y concisa que me sea posible sin perder la necesaria precisión y rigurosidad.
Al respecto debo advertir que en lo que expondré a continuación, hago referencia en general a la realidad predominante en los países latinoamericanos y no al contexto particular de Venezuela, que presenta diferencias dignas de resaltarse pero que no me corresponde ni estoy en condiciones de exponer y analizar.
EL PROCESO DE LA EXCLUSIÓN SOCIAL.
La realidad fundamental que hay que considerar en este tema es que, lo que suele llamarse el "modelo" económico imperante (que suele identificarse como neo-liberal aunque no excluye una importante función económica, reguladora y social del Estado), tiende a funcionar con gran dinamismo, generando en muchos casos efectivo crecimiento de la producción y de la productividad, impulsando la economía hacia adelante con alta velocidad, integrando tecnologías modernas y avanzadas; pero en dicho crecimiento y dinamismo, va también concentrando la riqueza en cada vez un menor número de grandes o pequeñas empresas altamente eficientes, y excluyendo progresivamente a cada vez más amplios sectores de la sociedad.
Podemos imaginar esta dinámica de la economía imperante como un tren muy moderno que avanza a gran velocidad, y que va acelerando su marcha, pero que en cada estación y a medida que avanza va dejando pasajeros en el camino, que son más que aquellos otros que el mercado permite que se suban a los carros.
Algunos observamos que en su acelerada marcha, ese tren va destruyendo medio ambiente, organización social, sociedad civil, valores y culturas tradicionales. Pero eso no es visto desde la perspectiva de quienes conducen el tren o viajan en su interior; o si se ve, no hay tiempo ni recursos para ocuparse mucho en ello. Lo que más interesa es la velocidad, el dinamismo, la eficiencia y la competitividad, que se sintetizan en el porcentaje o la curva de crecimiento económico que va logrando el país, o la propia empresa, o el individuo mismo.
En ese tren hay tres tipos de carros. Está el carro de primera, donde viajan los poderosos, los más ricos, las grandes empresas, los mejores negocios, los grandes inversionistas, las economías avanzadas. Ahí encuentran comodidades y riqueza; aunque también en ese carro se compite duramente y por tanto se corre el riesgo de ser bajado del tren. Hoy no es fácil permanecer vigentes ni siquiera para inversionistas globales y gigantescas empresas transnacionales (líneas aéreas, automotrices, bancos, cadenas de supermercados, empresas de tecnología, etc.).
En carros de segunda clase viajan las empresas medianas, los altos ejecutivos y administradores de las empresas grandes, los funcionarios de alto nivel, los profesionales más exitosos que prestan servicios a los que viajan en primera, y países de mediano desarrollo. En estos carros hay muchas comodidades, ventajas y privilegios, se viaja muy bien; pero hay que trabajar duro para permanecer arriba pues la competencia puede ser muy aguda, de modo que los viajeros no tienen mucho tiempo para gozar de lo que poseen y suelen estresarse y agotarse por exceso de actividad, ansiedad y preocupaciones.
Vienen después los carros de tercera, reservados para los empleados y trabajadores que tienen un sueldo mensual que les permite vivir sin comodidades mínimas, acceder apenas a cierto nivel básico de consumo de bienes, y a insuficientes e inadecuados servicios de salud, educación y recreación. En estos carros caben muchos, pero también hay competencia y siempre se está en peligro de ser bajados en la próxima estación, donde muchos tratarán de subirse. Conservar ese puesto puede exigir esfuerzos notables, incluida la realización de estudios vespertinos y capacitación.
La razón de este modo de funcionamiento de la economía es muy fácil de comprender. Se trata de una economía basada esencialmente en la competencia; una competencia que se torna cada vez más dura y exacerbada, entre todos los sujetos que participan en la producción y la distribución de la riqueza y del poder. La competencia es la lucha de todos contra todos, por ganar espacios en el mercado y en las estructuras del poder, y por permanecer vigentes. En esta competencia las personas y los sujetos económicos, especialmente las empresas, hacen uso de toda su fuerza y su poder para no ser desplazados, y ganar posiciones y crecer.
En esta competencia y en este mercado en que todos luchan empleando todas sus capacidades, su poder y su fuerza, van ganando siempre los más fuertes, los más capaces para hacer negocios, los mejor posicionados, los más inteligentes, los que tienen más recursos, los más poderosos, los que tienen tecnologías más modernas, los que disponen de mejores formas de gestión.
Así, vemos que las empresas más eficientes (que a menudo son las más grandes, pero no siempre es así) van absorbiendo a las de menor dinamismo; los supermercados van desplazando a los almacenes y tiendas, las cadenas de supermercados más eficientes van absorbiendo a los supermercados menos eficientes; las líneas aéreas más dinámicas eliminan del mercado a las que lo son menos; los bancos más competitivos absorben a los menos; las universidades mejor posicionadas expanden su participación en el mercado a expensas de las menos innovadoras. Los profesionales más eficientes desplazan a los menos eficientes. Los trabajadores más productivos a los menos productivos; etc.
Es una competencia que se agudiza, que se vuelve más dura, dejando cada vez menos márgenes a los que no sean los óptimos. Esta competencia genera dinamismo, y así vemos que la economía avanza a creciente velocidad.
El problema es que no todos podemos ser los mejores, no todos podemos ser los óptimos. Las capacidades se encuentran distribuidas según una "curva normal". Hay los muy capaces, los medianos, y los menos capaces. Hay los que tienen mucho poder, los que tienen menos, y los que tienen muy poco. Los que tienen muchos y buenos recursos, los que tienen menos, y los que tienen poco. Están los muy eficientes, y los que no lo son tanto.
Así, mientras la competencia va concentrando la actividad económica, va expandiéndose también la marginación y la exclusión. En la campana o curva de distribución normal, están los que se desplazan hacia el primer segmento, el de los mejores y más capaces, y el de los que perdiendo posiciones son desplazados hacia el otro lado de la curva, donde están los perdedores. Tendencialmente, todos los que no son los "mejores" en la competencia, van siendo desplazados, excluidos, y ello parece inevitable. Así en la economía, cada vez van quedando menos, ciertamente los más eficientes y dinámicos, pero menos. El resultado de esto es que mientras las empresas grandes y competitivas van absorbiendo a las menos eficientes, y los profesionales más eficientes van desplazando a los menos eficientes, y los trabajadores más productivos logran conservar sus puestos de trabajo, se va creando una gran desocupación de recursos y de fuerzas productivas en la sociedad. Así se genera, reproduce y amplía la exclusión social.
Cuando los mercados se internacionalizan y "globalizan", también los países y las economías nacionales entran en competencia, por lo que deben desmontar protecciones arancelarias y cambiarias, bajar los impuestos al capital y la inversión, etc. Obviamente, las empresas de todo el mundo pasan a ser competidores dentro de cada país; tanto las empresas de los países desarrollados que compiten en base al gran tamaño de sus operaciones y a las avanzadísimas tecnologías que emplean, como las de los países llamados "emergentes" como China y otros que se hacen competitivos en base al sacrificio extremo de sus inmensas poblaciones, a quienes se les pagan salarios viles y se les mantiene en bajísimos niveles de consumo.
Para los que van siendo marginados de esta extrema y global competencia, el "modelo" predispone solamente dos recetas: para los definitivamente "inviables" y en consecuencia destinados a la extrema pobreza, focalizar el gasto social a fin que puedan sobrevivir, aunque sea en condiciones de completa dependencia. Y para los que tienen alguna capacidad e iniciativa, provisionarles acceso a algún microcrédito de modo que puedan crear una microempresa, la que debe buscar su propio "nicho" de mercado (palabra que antes se reservaba para identificar el lugar donde uno iba a parar después de muerto).
Lo que se intenta de este modo, es agregar al tren de la economía de competencia capitalista una especie de último carro de cuarta clase, sin asientos y donde puedan caber amontonados unos cuantos pasajeros más. Pasajeros del mismo tren, o sea, microempresarios imbuidos de espíritu competitivo, que luchen y compitan unos contra otros para sobrevivir, o sea, para no ser de nuevo bajados del tren.
El problema es que los "nichos" de mercado que dejan las grandes empresas son escasos, muy pequeños, e insuficientes para dar oportunidad a la enorme cantidad de microempresas y trabajadores independientes. El hecho es que se espera que esas microempresas sean también ellas competitivas, esto es, que compitan también duramente entre ellas, de modo que puedan sobrevivir las más aptas. Es la misma lógica de la concentración y la exclusión, sólo que ahora en la pequeña escala de los pequeños nichos del mercado aún no ocupados por las grandes empresas, esto es, en el último carro del mismo tren de la competencia. Pero incluso a esos "nichos" y a ese carro llegan poco a poco las empresas grandes, desplazando una vez más a las micro y pequeñas empresas que con tanto esfuerzo se habían por un tiempo abierto un espacio de mercado.
Lo que he expuesto no es, ciertamente, todo el panorama económico; pero es en verdad el "punto focal" y el origen del proceso de exclusión, y comprenderlo nos permite entender también la enorme dificultad existente para revertir la tendencia a la exclusión social y generar dinámicas de inclusión.
Podemos extraer una primera conclusión de lo expuesto: pretender la inclusión social de los excluidos, buscando su inserción en el mismo sistema económico-social que los ha excluido en razón de sus limitaciones competitivas, podría ser posible para unos pocos que superen esas limitaciones, pero en ningún caso puede pensarse como camino eficaz para alguna proporción significativa de la población excluida. Y si ello fuera posible de algún modo, habría que asumir que otros tantos resultarían desplazados al perder la competición frente a los nuevos incluidos.
CINCO ELEMENTOS DE DIAGNÓSTICO SOBRE LA EXCLUSIÓN SOCIAL Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA POBREZA.
Junto a la comprensión de las causas y de los procesos generadores de la pobreza y la exclusión social es necesario caracterizar correctamente el mundo de los pobres y excluidos, teniendo en cuenta que las dinámicas en curso han dado lugar a una verdadera transformación de la pobreza, a partir de la cual ella es hoy una realidad cualitativamente distinta a la que se manifestaba treinta o veinte años atrás. Podemos constatar los siguientes fenómenos y procesos:
Proceso 1. De la marginalidad por defecto de integración a la pobreza por exclusión activa.
Hasta hace dos o tres décadas, cuando se hablaba de los pobres y marginales se hacía referencia a aquella parte de la población que no había logrado integrarse a la vida moderna debido a que las infraestructuras urbanas, productivas y de servicios (educación, salud, vivienda, etc.) no crecían lo suficientemente rápido como para absorber la masa social urbana que aumentaba aceleradamente por causas demográficas, migraciones del campo a la ciudad, etc. Los extremadamente pobres eran quienes no habían experimentado un desarrollo cultural y laboral como el requerido por el proceso social moderno, y constituían un cierto porcentaje de la sociedad que se aglomeraba en la periferia de las grandes ciudades.
Aquella marginación resultaba de la reorganización de la economía y la estructura social que se verificaba por la expansión de las formas industriales y estatales modernas, que fueron desplazando y desarticulando el tejido social y las actividades de producción, distribución y consumo tradicionales, afectando especialmente a los grupos sociales indígenas, campesinos y artesanales.
Como el sector moderno crecía y manifestaba capacidades para absorber fuerzas de trabajo y satisfacer demandas de consumo, se producía adicionalmente un efecto de atracción para muchos que abandonaron prematuramente sus formas de vida tradicionales y emigraron hacia las ciudades en busca de otros modos de vida. Pero los que no lograron integrarse, no pudiendo tampoco darle en el contexto marginal urbano un uso a sus capacidades y destrezas laborales correspondientes a esos modos de producción campesinos y artesanales, encontraban sólo en la acción social del sector público sus posibilidades de sobrevivencia y de reinserción. Su actividad social tendía a expresarse, entonces, fundamentalmente en términos reivindicativos y de presión social.
Aquella pobreza y marginación residual (por nombrarla de algún modo), sigue existiendo en la actualidad. Pero el mundo de los excluidos es hoy mucho más numeroso, porque ha sido engrosado por una masa de personas que, habiendo anteriormente alcanzado algún grado de participación en el mundo laboral y en el consumo y la vida moderna, han experimentado luego procesos de exclusión: cesantía, pérdida de beneficios sociales, subempleo, precarización, etc. Lo que ha sucedido es, en síntesis, que el proceso industrial y estatal moderno, no sólo no pudo absorber todas las fuerzas de trabajo y las necesidades sociales que crecían junto con la población, sino que incluso comenzó a expeler a una parte de quienes había en algún momento incorporado.
Este fenómeno de la exclusión no solamente afecta a los sectores populares y al mundo obrero, sino también a capas sociales medias que se han visto rápidamente empobrecidas por la pérdida del empleo y de beneficios sociales que habían mantenido en muchos casos por períodos prolongados. La pobreza en que caen estas familias resulta en ocasiones extremadamente dura, pues la experimentan por primera vez y no han desarrollado las estrategias de sobrevivencia cotidiana que son connaturales a la experiencia de la pobreza vivida desde la infancia. Se verifica también un proceso que puede entenderse como de inversión del ascenso social de una generación a otra: muchos jóvenes populares que habían accedido a la educación moderna y que adquieren por su intermedio las destrezas necesarias para insertarse en el mundo del trabajo, no encuentran las oportunidades de hacerlo y recaen en la pobreza.
Proceso 2. La segregación de los excluidos y la segmentación de la sociedad.
Como nunca antes, la pobreza en América Latina se ha concentrado en zonas urbanas y suburbanas de alta densidad poblacional. Diversos fenómenos de reorganización urbana han desplazado territorialmente a los excluidos hacia comunas periféricas desprovistas de servicios básicos de educación, salud, pavimentación, alcantarillado, transporte, etc.
En tal contexto, a la desocupación y el subempleo que implican reducidas oportunidades de ingresos, se agrega una exclusión multidimensional, en cuanto las necesidades que permanecen insatisfechas son múltiples. La pobreza deja de ser una situación relativamente transitoria derivada de la falta de empleo, revertible cuando éste vuelve a encontrarse, sino que se convierte en una condición de vida global y permanente, incluyéndose en esto una exclusión de ciudadanía política.
La concentración y segregación espacial de la pobreza la torna al mismo tiempo invisible para el resto de la sociedad. La vida cotidiana de los sectores sociales empobrecidos se desenvuelve íntegramente en territorios segregados, dando lugar a formas de vida, relaciones sociales, pautas culturales donde se van recomponiendo identidades sociales y formas de comportamiento que tienden a perpetuar un modo de ser y de vivir caracterizado por la frustración y la falta de esperanzas. En estas condiciones, las ciudades latinoamericanas se encuentran profundamente segmentadas, existiendo entre sus sectores modernos y dinámicos y los territorios marginales una fractura profunda, una discontinuidad no solamente económica sino también social, política y cultural.
Proceso 3. De la pobreza como potencial político a la pobreza como debilidad y carencias.
Actualmente los pobres están prácticamente solos frente a sus problemas. Veinte años atrás se pensaba que las naciones del Tercer Mundo constituían un potencial de desarrollo y conflicto, capaz de hacer valer sus fuerzas en el concierto internacional. Y dentro de estas naciones, se creía que los pobres eran importantes, porque los "movimientos populares" constituían una fuerza y una amenaza real al sistema establecido.
Los pobres no tienen actualmente gran fuerza social y política. Les va quedando solamente aquella que puede expresarse en las votaciones; pero esta ciudadanía elemental se ha vuelto fácilmente manipulable por los medios de comunicación. Esta pérdida de fuerza social y de capacidad organizativa es lo que explica el reemplazo que empieza a hacerse del término pobreza por el de exclusión. La exclusión es una condición más permanente e integral, que abarca no solamente lo económico sino también la no inserción en las estructuras políticas, culturales, etc. Así los excluidos se han quedado solos. El que se pone al lado de los excluidos no obtiene ventajas, ni siquiera reconocimiento genuino. Hace treinta años hacer una "opción por los pobres" constituía para muchos un motivo de orgullo. Hoy se la considera, en el mejor de los casos, un acto que deja fuera de la historia y que hace perder oportunidades. Por eso los excluidos han dejado de interesar a los partidos políticos, a las universidades, a los intelectuales; hoy lo que interesa es la modernidad y el paso a la postmodernidad. No ya la transformación, sino la globalización.
Los Gobiernos y los partidos políticos hablan todavía de la pobreza; pueden incluso afirmar que es su gran preocupación. Pero no actúan consecuentemente con el interés manifestado. Basta considerar dónde son colocados y tras qué objetivos se utilizan los recursos del sector público; la principal preocupación es mantenerse vinculados a los mercados internacionales y sus sofisticadas dinámicas: la revolución de la informática, las innovaciones bio-ingenieriles, las nuevas tecnologías, el consumo sofisticado, los nuevos instrumentos de la especulación financiera.
Proceso 4. La pobreza como amenaza a la seguridad y al medio ambiente.
Aunque se encuentre concentrada y segregada territorialmente, y aunque haya perdido gran parte de su potencial de lucha y acción, la pobreza continúa presentándose como un peligro para el resto de la sociedad. Por un lado, la exclusión de multitudes crea inseguridad ciudadana, porque genera delincuencia. Sin expectativas de ocupación y de ingresos mínimos, sin esperanzas de progreso e integración por conductos normales, toman cuerpo en el seno del mundo de los excluidos comportamientos y actitudes de rechazo y rebeldía social, que no se encauzan por medios políticos sino a través de acciones inorgánicas que se expresan a menudo por medios violentos y antisociales que atentan contra las personas y la propiedad.
Por otro lado, la pobreza contamina y amenaza el equilibrio del medio ambiente. La pobreza agrava el problema ecológico. Grupos humanos extremadamente pobres concentrados en zonas densamente pobladas de precaria urbanización, carecen de medios para cuidar y limpiar su medio ambiente inmediato. El efecto negativo del polvo que se levanta en calles sin pavimentar, del humo que libera la combustión de la madera, de los desechos y basuras que no obtienen adecuada canalización, se expande por la atmósfera y las aguas contaminando la ciudad y su entorno agrícola, con consecuencias muy serias para la salud de toda la población.
Todo esto hace volver la mirada a los excluidos. Pero no por una genuina preocupación por ellos sino con la intención de defender el propio bienestar alcanzado. Y la respuesta tiende a ser en gran medida represiva: contener a los pobres en sus estrictos límites, acentuar su segregación, impedir que su amenaza potencial trascienda hacia otros sectores sociales y urbanos, fortaleciendo las fronteras que separan la pobreza del resto de la sociedad.
Proceso 5. La activación económica de los pobres y la economía popular.
No todas las transformaciones experimentadas por la realidad de la pobreza tienen connotación negativa. Y para comprenderlo, es preciso mirar no solamente lo que le pasa a los pobres y excluidos, sino especialmente lo que ellos hacen para enfrentar sus necesidades y problemas. El mundo de los excluidos está constituido por personas, familias y grupos humanos que tienen capacidades y que despliegan constantemente acciones e iniciativas tendientes a hacer frente a los problemas que los desafían.
En los últimos años se ha dado la irrupción de un fenómeno social y económico que, si no es nuevo en términos absolutos porque en alguna medida siempre ha existido, sí lo es por la extensión que ha adquirido: la formación y establecimiento de numerosas pequeñas actividades productivas y comerciales cuyos protagonistas son los grupos sociales empobrecidos de los barrios y poblaciones marginales.
Para referirse a este fenómeno, economistas y sociólogos han acuñado diferentes expresiones: economía informal, pequeña producción popular urbana, economía sumergida, economía invisible, economía de subsistencia, economía popular. No siempre estos diferentes términos aluden exactamente al mismo fenómeno pues establecen diversos "cortes" en la realidad que identifican. Pero todos ellos engloban un universo de iniciativas y experiencias que incluye, al menos, lo siguiente:
a) El trabajo por cuenta propia de innumerables trabajadores independientes que producen bienes, prestan servicios o comercializan en pequeña escala, en las casas, calles, plazas, medios de locomoción colectiva, ferias populares y otros lugares de aglomeración humana.
b) Las microempresas familiares, unipersonales o de dos o tres socios, que elaboran productos o comercializan en pequeña escala, aprovechando como lugar de trabajo y local de operaciones alguna habitación de la vivienda que se habita o adyacente a ella.
c) Las organizaciones económicas populares, esto es, pequeños grupos o asociaciones de personas y familias que juntan y gestionan en común sus escasos recursos para desarrollar en común, actividades generadoras de ingresos o provisionadoras de bienes y servicios que satisfacen necesidades básicas de trabajo, alimentación, salud, educación, vivienda, etc. Talleres laborales solidarios, comités de vivienda, "comprando juntos", centros de abastecimiento comunitario, "construyendo juntos", huertos familiares, programas comunitarios de desarrollo local, etc., son algunos de los tipos de organizaciones económicas populares más difundidos.
El tamaño relativo de este vasto y heterogéneo universo de actividades económicas populares o informales es distinto en los diferentes países de la región. Pero en todos ellos es muy relevante en cuanto es a través de esta economía popular que un elevado porcentaje de la población (alrededor del 50 %) tiene la oportunidad de efectuar sus aportaciones y obtener sus retribuciones económicas.
Desde un punto de vista cualitativo el hecho más interesante, sorprendente y novedoso manifestado por esta notable multiplicación de pequeñas iniciativas, organizaciones y experiencias económicas populares, es la movilización y activación económica del mundo de los pobres, en búsqueda de solución autónoma a sus propias necesidades y carencias.
CONCEPTOS Y PROPUESTAS DE INCLUSIÓN SOCIAL INCONDUCENTES Y QUE CREAN FALSAS EXPECTATIVAS.
El análisis de la exclusión y de sus causas y procesos generadores permite extraer algunas importantes conclusiones respecto a los modos en que es posible superarla, e identificar igualmente una serie de propuestas y expectativas de inclusión social que debemos descartar por no ser conducentes al propósito. Es importante detenernos un momento a considerar estas últimas, a fin de no perder tiempo y recursos ni hacernos falsas esperanzas. Los llamaremos errores.
Error 1. Pensar que la inclusión social se cumple mediante la provisión de bienes y servicios.
Si bien la inclusión social puede implicar el acceso a bienes y servicios, ello no es suficiente ni implica necesariamente que se esté avanzando en el proceso. El engaño al respecto puede provenir de cierta perspectiva estadística del asunto, que mide la realidad según el acceso al consumo de bienes y servicios. Lo cierto es que en función de la inclusión social, en ningún caso ello es suficiente. Más importante que la provisión de bienes y de servicios que satisfagan las necesidades de manera puntual, lo que se requiere es el desarrollo de las capacidades propias para hacer frente a necesidades recurrentes y en expansión. Una verdadera inclusión social implica el desarrollo de las capacidades humanas, el aprendizaje de los modos de hacer las cosas, los conocimientos necesarios para organizar y gestionar los procesos y actividades, el "saber hacer", la acumulación de informaciones crecientemente complejas, la organización eficiente de las actividades, por parte de los sujetos que ha de utilizar los recursos sociales disponibles.
Error 2. Suponer que la inclusión social se cumple con la movilidad ascendente de las personas y familias, en un proceso molecular de largo plazo.
La exclusión es un fenómeno social, multitudinario, que afecta a grandes grupos de personas que comparten muy precarias condiciones de vida. Los individuos y familias inmersos en un mundo de carencias y pobreza de todo orden, aunque tengan ocasionalmente ingresos superiores que les permitan incrementar su consumo, terminan irremediablemente atraídos por el medio de pobreza en que viven, a menos que tengan la oportunidad de cambiar radicalmente de ambiente. Obviamente, esto resulta posible a muy pocas personas. El desarrollo social será comunitario, compartido, un proceso en que participen conjuntamente miles de personas, o simplemente no existirá.
Error 3. Esperar la inclusión social como resultado del crecimiento económico, facilitado por un eficiente funcionamiento del mercado.
El crecimiento económico en sí mismo no genera procesos de inclusión, e incluso puede acelerar la exclusión si se verifica en base a la agudización de la competencia. El mercado puede ser eficiente en la asignación de los recursos dados, pero tiende a reproducir (y a acentuar) las desigualdades en la distribución de la riqueza. En efecto, en el mercado se participa en la medida de lo que se tiene: recursos, ingresos, bienes. Los que carecen de una fuerza de trabajo en condiciones de proporcionar elevada rentabilidad al capital que puede contratarlos; los que no poseen bienes que vender; los que tienen escasos ingresos para comprar; esto es, los excluidos, no participan en el mercado o lo hacen muy precariamente: el mercado los excluye. La reinserción de los excluidos en el mercado, requiere el accionar de fuerzas y energías que, operando por fuera de los circuitos mercantiles, active su proceso de integración mediante la provisión de oportunidades y el despliegue de las capacidades que les permitan sucesivamente operar en él con algún grado de eficiencia.
Error 4. Esperar la inclusión social de la sola acción del Estado.
La acción subsidiaria del Estado es indudablemente necesaria en la atención de los grupos más desvalidos y carentes, en función de los cuales tiende actualmente a focalizarse el gasto social. Los gobiernos cuentan con importantes recursos y capacidades de acción, con los cuales pueden paliar la pobreza extrema de ciertos sectores; pero no pueden sacar de la pobreza a millones de personas cuyas necesidades fundamentales se encuentran mal satisfechas. Existen abundantes evidencias de que los servicios públicos de salud, educación, previsión social, vivienda, aún siendo necesarios y habiendo alcanzado una gran cobertura, son notablemente deficientes en cuanto a la calidad y cuantía de las prestaciones, y no se encuentran dimensionados a la situación de pobreza existente. Por otro lado, cuando se atribuye al Estado la responsabilidad de resolver los problemas sociales, los grupos sociales potencialmente beneficiarios desarrollan comportamientos pasivos, en espera de soluciones venidas de arriba, y se ven desincentivados a generar aquellos procesos autónomos que sólo ellos significan verdadera inclusión social.
Me atrevo a agregar algo más. Muchos piensan que la pobreza y la exclusión social podrían resolverse mediante una consistente redistribución de los ingresos, y esperan que el Estado lo logre mediante políticas impositivas que graven los altos ingresos y el patrimonio acumulado, o aún a través de la apropiación estatal de empresas y riqueza concentrada. La experiencia histórica proporciona abundantes evidencias de que ello constituye un espejismo social. No podemos profundizar aquí en el análisis de esto. Solamente alcanzamos a señalar que el error principal consiste en no comprender que los ingresos, la riqueza e incluso los medios de producción no son stocks, no son cosas dadas y consistentes que puedan simplemente cambiar de manos, sino que están fundamentalmente configurados por relaciones, procesos y flujos, y que en su constitución y mantención en el tiempo son determinantes el conocimiento, la gestión, la credibilidad, las expectativas, los vínculos, las confianzas, la inserción en dinámicas y sistemas más amplios, etc.
Error 5. Suponer que se cumplen dinámicas de inclusión social a través de donaciones y servicios gratuitos proporcionados por fundaciones, agencias de cooperación y organizaciones de beneficencia.
Si no puede el Estado generar auténticas dinámicas de inclusión social menos podrá esperarse logros significativos a través de la acción de estas instituciones. Sin embargo, alguna función pueden ellas cumplir, siempre que se inserten en políticas consecuentes que no generen dependencias y que promuevan la autonomía de los grupos con que trabajen. Reconocer el protagonismo de los sectores populares pobres no significa que ellos deban ser dejados solos en su proceso de desarrollo. En este sentido resultan útiles ciertas donaciones y subvenciones, servicios profesionales y otras transferencias a través de las cuales se acopian y canalizan significativos recursos para la acción social. Las donaciones (internacionales, gubernamentales y privadas) presentan sin embargo una compleja problemática, que exige un proceso de aprendizaje a fin de que resulten eficientemente distribuidas y utilizadas. La preocupación principal ha de ser que las donaciones sean efectivamente solidarias, que no limiten sino que fomenten la autonomía de los beneficiarios, que los recursos disponibles lleguen a quienes más los necesitan.
CINCO CONDICIONES QUE HA DE CUMPLIR UN PROYECTO DE INCLUSIÓN SOCIAL.
Identificados los errores y las falsas expectativas, es el momento de abordar la cuestión en positivo, apuntando a formular caminos efectivos y eficaces conducentes a superar las situaciones estructurales de exclusión social tan ampliamente extendidas en nuestros países latinoamericanos. Comenzaremos identificando algunas condiciones generales que han de cumplirse, y que deben ser consideradas en toda propuesta que contribuya a generar dinámicas de genuina inclusión social.
Primera condición. La organización, la solidaridad y el esfuerzo activo de los mismos grupos y comunidades que experimentan la exclusión.
La experiencia es abundante y reiterada en el sentido de que la organización popular es un requisito de la superación de la pobreza. La organización refuerza las iniciativas, multiplica las energías, facilita la obtención de los indispensables recursos. Un pueblo desorganizado no podrá jamás salir de la pobreza; lo más probable es que, por el contrario, se sumerja en un proceso de deterioro tendencial.
En este sentido, la solidaridad y la cooperación constituyen la más potente fuerza movilizadora del progreso social, en cuanto ella estimula las iniciativas, hace descubrir recursos y capacidades ocultas existentes en las personas y grupos, refuerza la voluntad, activa la conciencia, y da lugar a la formulación y puesta en marcha de proyectos que movilizan esas mismas capacidades y recursos.
Segunda condición. El proceso de inclusión social debe ser integral, a la vez económico, político y cultural.
La expansión de las capacidades para hacer frente a las carencias económicas, la obtención de los medios indispensables para satisfacer las necesidades básicas, son parte y condición ineludible del desarrollo social. Pero éste no se agota en la dimensión económica. Tanto o más importante que la obtención de ingresos y la inserción en los procesos económicos, lo es la expansión de los espacios de participación y poder, que signifiquen la recuperación de la ciudadanía política real por parte de los grupos excluidos. Y aún más importante que esto, es el desarrollo cultural y la expansión del conocimiento, pues sólo él posibilita que los eventuales logros económicos y políticos sean estables y permanentes.
El carácter "integral" de la pobreza a que hemos hecho referencia, plantea la necesidad de que también su proceso de superación resulte integral y polivalente.
Tercera condición. Agente principal de los procesos de inclusión social y de la superación de la pobreza son las propias comunidades y grupos afectados.
Entender la inclusión social como un proceso endógeno del que son protagonistas principales los sectores populares afectados, es la más importante conclusión de los análisis anteriores y es lo que corroboran todas las experiencias que pueden considerarse exitosas. La acción del Estado y de agentes externos puede ser necesaria para ciertas categorías y grupos desvalidos que carecen de lo indispensable para activar sus propias capacidades; pero la subsidiaridad y el asistencialismo no conducen a la inclusión social, permitiendo en el mejor de los casos la subsistencia.
El protagonismo de los sectores populares y excluidos implica, entre otras cosas, que los objetivos de las acciones y proyectos de inclusión social sean definidos por ellos mismos, a partir del relevamiento de sus propias necesidades, aspiraciones e intereses. Los medios para el desarrollo social deben consecuentemente ser puestos a su disposición. La ejecución de las acciones ha de ser igualmente responsabilidad de los afectados, quienes evaluarán sus resultados conforme a propios criterios de costo-beneficios.
Cuarta condición. La dimensión territorial y la segregación que afecta a la pobreza y la exclusión plantean la dimensión de lo local como esencial al desarrollo social.
Concentrada la pobreza en ámbitos territoriales marginados de los procesos de desarrollo, las iniciativas de familias o de grupos particulares corren el riesgo de ser reabsorbidas por el contexto de pobreza en que se desenvuelven. Es preciso involucrar a las comunidades y a los barrios organizados. Ello plantea la necesidad de que los programas de inclusión social se asienten localmente, concentrando las actividades promocionales, de educación popular y de apoyo a las experiencias económicas, de manera que sus efectos se extiendan a toda la comunidad local.
Quinta condición. La superación de la pobreza y la inclusión social de los excluidos son responsabilidad de toda la sociedad.
La pobreza no es solamente un problema de los pobres, sino de la sociedad entera. Vivimos en un mundo en que, no obstante la segregación e incluso guetización de los excluidos, la magnitud de la población afectada es tal que de un modo u otro toda la población lo resiente, incluida la calidad de vida de los sectores de altos ingresos. Definitivamente, si en una sociedad hay muchos pobres, toda la sociedad es pobre y subdesarrollada. Si el problema es de todos, la superación de la pobreza y la inclusión social son también responsabilidad de todos: los organismos internacionales, las iglesias, los gobiernos, las empresas de todos los tamaños, los diversos grupos y categorías sociales y profesionales, los mismos sectores sociales más pobres. De hecho, todos pueden hacer algo, más o menos relevante según las posibilidades de cada uno. Tarea relevante es concitar esos esfuerzos, coordinarlos, hacerlos más eficientes.
Considerando estas cinco grandes condiciones, llega finalmente el momento de precisar conceptualmente los procesos, dinámicas y acciones concretas que han de formar parte de auténticas y eficaces políticas de inclusión social.
CONCEPTOS QUE ENMARCAN POLÍTICAS Y DINÁMICAS AUTÉNTICAS DE INCLUSIÓN SOCIAL.
Primero. Los procesos de inclusión social deben concebirse como dinámicas de largo plazo, pero ellos solamente se realizan mediante la actuación presente de iniciativas, proyectos y programas que han de ejecutarse y cumplirse en tiempos limitados. Las urgencias indican que ellos deben iniciarse de inmediato.
Para la inmensa mayoría de los pobres, la pobreza no es una situación transitoria, sino un estado en el que se ha nacido o en el que se ha permanecido durante un largo período de la vida. Salir de este estado no puede ser sino el resultado de esfuerzos largamente sostenidos en el tiempo. Incluso para quienes han caído en la pobreza en forma más o menos repentina, superarla se convierte en tarea de años. Nadie puede pretender alcanzar la inclusión social de los pobres mediante acciones puntuales y proyectos de corto plazo.
En este sentido, un desarrollo social incluyente requiere programas que se sostengan en el tiempo, durante años y décadas. La inestabilidad de las políticas sociales de los Gobiernos, así como los cambios de orientación que se suceden en los apoyos y acciones promocionales de la cooperación al desarrollo, son uno de los más graves problemas que dificultan el logro de resultados estables que se consoliden.
Pero pensar en el largo plazo y en procesos prolongados no implica postergar las acciones. Al contrario, ello debiera incentivar la acción inmediata y la urgencia de acelerar las dinámicas en curso. Todo proceso se cumple en el presente o simplemente no existe.
Segundo. Es necesario concebir los proyectos y las dinámicas de inclusión social como parte de un más amplio proceso de desarrollo económico-social distinto y alternativo al que vemos predominar en nuestras sociedades.
Hemos visto ya, y es la conclusión fundamental de lo que hemos expuesto, que la inclusión social de multitudes afectadas por la exclusión y la pobreza es incompatible con los actuales procesos y modelos de desarrollo económico. Ellos plantean la urgente necesidad de un desarrollo alternativo.
Una de las evidencias que resultan de la experiencia de todos los modelos y vías de desarrollo aplicados en América Latina, es que sus resultados benefician a quienes lo realizan y gestionan, extendiéndose sus efectos secundarios sobre quienes participan aunque sea subordinadamente en su ejecución. De aquí deriva la necesidad de que, si se pretende la inclusión social de quienes permanecen en la pobreza, estos mismos sectores se constituyan como protagonistas y agentes del desarrollo. Tal es la esencia de lo que podemos entender como "desarrollo alternativo": un desarrollo gestado desde la base social, el cual ha de tener características distintas al desarrollo conocido. El desarrollo social y la superación de la pobreza han de entenderse, pues, como parte y expresión del desarrollo alternativo, que es económico, político, social y cultural a la vez.
Tercero. Las acciones y proyectos tendientes a generar dinámicas de inclusión social debieran conectarse íntimamente con procesos globales de transformación y democratización económica y política.
La exclusión y el subdesarrollo social no son fenómenos secundarios o marginales de las sociedades latinoamericanas; constituyen, al contrario, la más extendida realidad y el más grave de los problemas que afectan a nuestros países. Enfrentarlos no es simplemente cuestión de crecimiento, de "más de lo mismo", siendo evidente la necesidad del cambio y la transformación de las estructuras fundamentales de la sociedad: su sistema económico y político, y el sistema de ideas y valores que lo amalgama.
Algunos creen que actualmente los movimientos impulsores de cambios y transformaciones históricas profundas se encuentran desactivados o que están en vías de desarticulación. Es impensable la hipótesis de que la pobreza, las injusticias, la falta de libertad y participación que se reproducen e incluso se extienden en la región, puedan permanecer largo tiempo sin ser resueltas y sin suscitar nuevos movimientos por cambios sociales, económicos y políticos profundos.
La lucha contra la pobreza y la inclusión social, protagonizadas por los propios sectores sociales afectados, pueden constituir -y es ésta la mejor de las hipótesis y el más constructivo de los escenarios- las más adecuadas y eficientes formas de canalización de las energías transformadoras que brotan de la pobreza, la injusticia y la opresión. Pero esta orientación constructiva tiene sentido y podrá adquirir la fuerza suficiente para resolver los problemas, solamente si sus esfuerzos y acciones se acompañan y tienen efectos significativos en términos de un proceso más amplio de democratización de la economía y el Estado, los más importantes objetivos del cambio social necesario.
LA ECONOMÍA SOLIDARIA COMO MOTOR Y PRINCIPAL PROCESO CONSTITUYENTE DE LA INCLUSIÓN SOCIAL.
No nos queda sino sacar las conclusiones y aterrizar todo lo que hemos expuesto en orientaciones y propuestas. Pero podemos expresar todo ello, esto es, conclusión teórica, orientación política y propuesta práctica, en una sola afirmación:
La economía solidaria es la síntesis más acabada de las dinámicas de inclusión social.
En efecto, de todo lo anterior surge con claridad que la economía solidaria se presenta como una vía real de superación de la pobreza y de dinámicas eficaces de inclusión social, en contextos económicos caracterizados por elevados niveles de desocupación y por una acentuada inequidad socioeconómica. Esto que aquí afirmamos como conclusión racional de un análisis, ha quedado demostrado por la experiencia en variadas ocasiones y lugares. Por ello la teoría y la práctica de la economía solidaria deben ser atentamente consideradas en la elaboración de políticas y en la organización de acciones tendientes a superar la pobreza y a generar dinámicas de inclusión social.
Que la economía solidaria constituye una propuesta eficaz y un proyecto integrador de los esfuerzos necesarios para producir inclusión social y superar la pobreza, lo podemos comprender observando que sus orientaciones ideales y valóricas son no sólo coherentes con el enfoque de la pobreza y la inclusión social que hemos expuesto, sino que traducen y aplican en forma práctica y directa todas las condiciones y conceptos que enmarcan políticas eficaces de inclusión social.
En efecto, la economía de solidaridad no está centrada en las cosas sino en las personas, constituyendo un modo de hacer economía que pone en el centro al ser humano, y al trabajo por sobre el capital, el dinero y los productos.
La economía solidaria implica la organización comunitaria y la realización de emprendimientos asociativos, y no persigue como objetivo central la utilidad o el lucro individual sino el beneficio compartido y social.
La economía solidaria no solamente supone sino que se basa de modo esencial en la organización, la solidaridad y el esfuerzo activo de los mismos grupos y comunidades que optan por ella.
La economía de solidaridad no es "economicista" sino integral, constituyendo un proceso a la vez económico, político y cultural.
La economía de solidaridad no rechaza el mercado, se inserta en él; pero no se funda en sus "leyes" y automatismos supuestamente objetivos que generan concentración y exclusión. Puede decirse en tal sentido que en su operar "corrige" al mercado, sustituyendo las férreas exigencias de la competencia por los superiores procedimientos de la cooperación, la ayuda mutua, la participación, la asociatividad, la autogestión, etc.
La economía solidaria no es un proyecto estatal, ni se basa en la acción de los Gobiernos y organismos públicos. Aunque se relaciona con ellos y aprovecha las oportunidades que le ofrezcan los servicios públicos, su espacio de acción y desarrollo es la sociedad civil, en la cual forma parte de lo que algunos han empezado a llamar el "tercer sector" de la economía.
La economía de solidaridad no es exclusiva de algunos grupos sociales particulares, no se limita siquiera al extenso mundo de los pobres, sino que convoca a toda la sociedad, siendo posible que todos participen en ella.
Pero es un hecho que la economía de solidaridad surge desde los sectores populares empobrecidos, y que su agente principal son las comunidades y personas que buscan salir de la pobreza mediante actividades económicas desplegadas asociativamente y con una lógica solidaria.
Un componente de la economía de solidaridad son las donaciones, que ella misma en ocasiones suscita, las que vienen en su apoyo evitando sin embargo que se generen dependencias sino, al contrario, buscando favorecer el desarrollo de la autonomía en los grupos beneficiarios.
Las experiencias de economía de solidaridad buscan integrar la vida familiar y comunitaria con las actividades orientadas a generar los recursos y medios económicos que las sostengan. Así, ellas otorgan especial importancia al territorio local en que se insertan las iniciativas, buscando siempre favorecer su desarrollo y perfeccionamiento. En otros términos, la economía de solidaridad asume como propio objetivo el desarrollo local.
La economía de solidaridad no es una propuesta coyuntural o de corto plazo, sino una perspectiva orientada hacia el futuro, destinada a permanecer en el tiempo, a crecer y perfeccionarse ampliando progresivamente el campo de sus realizaciones. Por ello no se desalienta por las dificultades encontradas en sus fases iniciales, siempre las más complejas y poco comprendidas dado un contexto tan diverso a ella que incluso a veces se plantea adverso a su existencia.
La economía de solidaridad procede conforme a una racionalidad económica distinta a la del capitalismo predominante, y no aprueba ni promueve el actual modelo de desarrollo, buscando por el contrario crear las bases y ser parte de un desarrollo alternativo.
Si bien en sí misma la economía solidaria no se presenta como una propuesta macroeconómica ni como un "sistema" global, persiguiendo más bien la conformación de un "sector" dentro de una economía pluralista en que también ocupan un lugar y roles importantes los sectores privado y público, el proyecto de la economía solidaria no se concibe desconectado de procesos más amplios y globales de transformación y democratización económica y política. Específicamente, a nivel macroeconómico la economía de solidaridad se concibe como parte de un proceso de democratización del mercado.
Ahora bien, para iniciar el camino de la inclusión social por la vía de la economía solidaria, habría una primera opción que efectuar, tanto a nivel de país y de sociedad como a nivel personal. Y es, decidir si se quiere participar en ese tren de que hablamos al comienzo y en la competencia que determina su marcha acelerada y excluyente, o si preferimos bajar del tren y seguir por caminos diferentes, cuales son los de la asociatividad, la cooperación y la solidaridad.
Los que estamos aquí y todos quienes de algún modo nos sentimos formando parte de un proyecto de economía solidaria y de inclusión social, somos personas y organizaciones que no nos sentimos parte de ese "modelo" de economía de competencia capitalista. Somos personas, organizaciones y empresas que no estamos o no queremos permanecer arriba del tren, sino transitar y avanzar por otros caminos, que son los caminos de la economía solidaria.
La economía solidaria funciona con una lógica totalmente diferente a la capitalista. En vez de competir unos contra otros, tratando de desplazarlos o de apropiarnos del negocio de los otros, nos juntamos y nos relacionamos para cooperar unos con otros. En vez de estar en ese juego en que en cada vuelta sale expulsado un jugador porque hay una silla menos, estamos en un juego integrador, que va permitiendo integrar nuevas sillas para abrir espacios a cada vez más jugadores, permitiéndose que incluso en una misma silla puedan estar dos y más personas. No estamos en una economía excluyente basada en la competencia, sino en una economía incluyente basada en la cooperación y la ayuda mutua.
Por estos caminos de la economía de solidaridad transitan tres tipos de personas. Están los que nunca se han subido al tren, están los que han sido expulsados del tren porque no han sido suficientemente competitivos y eficientes, y están los que se han bajado voluntariamente del tren, aunque pudieran permanecer arriba y tener éxito con base en sus propias capacidades, pero que han hecho una opción ética y valórica a favor de una economía distinta, pues no comparten el modo de organización, de comportamiento y de relacionamiento económico que les exige el "modelo" económico dominante.
Están participando en estos caminos de la economía solidaria, muchos artesanos, feriantes, trabajadores independientes, microempresarios, que participan en asociaciones, organizaciones, cooperativas y otras formas de acción conjunta. Están los talleres solidarios y sus organizaciones de comercio justo. Están los pescadores artesanales, los campesinos asociados. Están las comunidades de los pueblos originarios cuya cultura los orienta hacia una economía solidaria. Están quienes desde corporaciones, fundaciones sin fines de lucro prestan servicios y apoyos de promoción social en distintos ámbitos. Están las organizaciones cooperativas y autogestionarias, que operan en temas de educación, capacitación, salud, servicios de proximidad, etc.
La economía de solidaridad no es un tren, no constituye un "modelo" que todos deban asumir, sino que se configura a través de múltiples y diversificadas formas de organización y de acción. La economía solidaria está conformada por diferentes caminos. Pero quienes recorren esos caminos tienen algo en común, que es el hacer economía con solidaridad, una solidaridad que se manifiesta de muchas maneras.
Solidaridad en la producción y en el trabajo, solidaridad en la gestión participativa, solidaridad en las tecnologías, informaciones y saberes compartidos, solidaridad en el uso de los recursos, mediante formas de propiedad cooperativa, asociativa o personal incluyente. Solidaridad en la distribución, a través del comercio justo, la equidad en los intercambios, la reciprocidad, la cooperación. Solidaridad en el consumo, compartiendo los bienes y servicios, buscando aprovecharlos en toda su utilidad, prefiriendo la satisfacción grupal y comunitaria de las necesidades.
Lo esencial es que se trata de alcanzar la mayor y mejor eficiencia, los mejores resultados en términos de beneficios para las personas y la comunidad; pero no mediante la competencia sino mediante la cooperación. Agregando un factor productivo especial, que es precisamente la solidaridad convertida en fuerza productiva, o sea aquello que hemos llamado el Factor C.
El Factor C, que dinamiza y hace eficiente a la economía popular y solidaria aunque sus integrantes y sus recursos no sean los mejores para los negocios, consiste en que la unión de conciencias, de voluntades y de emociones de varias o muchas personas en torno a un objetivo común, genera una energía social poderosa, que refuerza las capacidades y potencialidades de cada uno, y agrega al grupo nuevas fuerzas productivas. Es la antigua idea de que "la unión hace la fuerza", mientras que la soledad nos debilita.
De este modo, a través de incorporar solidaridad en las actividades, empresas y organizaciones, las hacemos y nos hacemos más eficientes y capaces de producir y comercializar bienes y servicios, que sirvan y convenzan a los consumidores y a quienes los demandan en el mercado.
De este modo la economía de solidaridad se hace más eficiente que la economía capitalista. Porque ésta es capaz de alcanzar eficiencia solamente en la medida que funcione con los mejores recursos y en grandes cantidades; mientras que la economía popular es capaz de estar en el mercado con eficiencia, a pesar de operar en pequeña escala y de funcionar con las personas normales, incluso las anteriormente desplazadas del mercado, no necesariamente de alta eficiencia competitiva.
Esta es la "gracia" de la economía solidaria, que incorporando solidaridad y Factor C a las iniciativas y organizaciones de la economía popular, las proyecta a niveles de alta eficiencia, además de organizarlas con criterios de justicia, solidaridad y humanidad.
Pero hay algo más que no puedo dejar de señalar. Me refiero a la educación como proceso capaz de contribuir muy eficazmente a la inclusión social, y como componente de la propia economía solidaria. Esto es algo que todos dicen, que siempre se recuerda: la importancia y el rol de la educación.
Ciertamente la educación es esencial. Sí, pero no esta educación escolar que conocemos y que es de hecho parte y causa de las conocidas dinámicas de la exclusión social. Porque la educación incluye y excluye, y ella no se entiende fuera de los análisis que hemos hecho sobre la realidad actual, el "modelo", la competencia, la transformación de la pobreza, etc. Esta educación es la que prepara a los más capaces para la competencia, y a los que tienen menos recursos y capacidades para la dependencia y la exclusión. Es esta educación que conocemos, la que forma una minoría de competentes, y una mayoría de personas dependientes, inseguras, escasamente creativas, atontadas, disponibles para trabajar en la tercera clase del tren, fácilmente expulsables del mismo.
La inclusión social necesita otro tipo de educación: popular, permanente, libre, autónoma, vinculada a procesos de desarrollo personal y social, integrada en dinámicas de economía solidaria.
Pienso que los mejores y más permanentes resultados en términos de inclusión social se obtienen a través de una adecuada combinación de procesos de educación y capacitación por un lado, y de fomento de las iniciativas económicas populares solidarias por el otro. Mediante la educación popular y la capacitación se desarrolla la autoestima, se toma conciencia de los propios problemas o conflictos y de las energías disponibles para enfrentarlos; se expande el conocimiento de la realidad y de las propias capacidades y recursos; se perfecciona la información sobre las condiciones en que se desenvuelve la acción; se desarrolla la capacidad de tomar decisiones y de gestionar con eficiencia los recursos disponibles; se facilita, en general, un proceso de crecimiento personal y comunitario que es parte esencial y a la vez condición necesaria de la inclusión social.
Educación popular y economía popular, convergentes en los objetivos del desarrollo social, se necesitan y potencian mutuamente. Separadas y sin vincularse estrechamente, reducen su eficacia promocional. Cuando en cambio las acciones de apoyo a la economía popular y solidaria van acompañadas de procesos formativos, o cuando las experiencias de educación popular se prolongan en organizaciones económicas, se verifican procesos de desarrollo social que se prolongan en el tiempo.
Termino diciendo que toda preocupación por la inclusión social se funda en una sola convicción que no debemos olvidar nunca, y es que en esta tierra y en este mundo debemos vivir todos, no solamente los mejores y más capaces, eficientes y competitivos.
Muchas gracias.
(*) Vicerrector de la Universidad Bolivariana de Chile.
Sus escritos y cursos pueden encontrarse también en:
www.uvirtual.net

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